sábado, 18 de octubre de 2008

¡Feliz día mamá!

Madre, no me digas:
-Hijo, quédate,
cena con nosotros
y duerme después...
Estás flaco y triste,
Me haces padecer.
Cuando eras pequeño
daba gusto ver
tu cara redonda,
tu rosada tez...
Yo a Dios le rogaba
una y otra vez:
que nunca se enferme,
que viva años cien,
gallardo, robusto,
galán y doncel.
le vean mis ojos
allá en la vejez.
Que no tenga ese aire
de los hombres que
se pasan la noche
de café en café...
Dios me ha castigado,
¡Él sabrá por qué!
Madre no me digas:
-Hijo quédate...-
La calle me llama
y a la calle iré.
Yo tengo una pena
de tan mal jaez,
que ni tú ni nadie
pueden comprender.
Y en medio de la calle
¡me siento tan bien!
¿Qué cuál es mi pena?
Ni yo sé cuál es,
pero ella me obliga
a irme, a correr,
hasta de cansancio
rendido caer.
La calle me llama,
Y obedeceré.
Cuando pongo en ella
los ligeros pies,
me lleno de rimas
casi sin querer.
¡La calle, la calle,
loco cascabel!
¡La noche, la noche,
qué dulce embriaguez!
El poeta, la calle y la noche,
se quieren los tres.
La calle me llama,
la noche también...
Hasta luego, madre,
voy a florecer.


("El poeta y la calle" de Baldomero Fernández Moreno, Argentina)

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